Una historia de Aguaján

A principios del siglo XX, en Aguaján de los Espíritus, un cadáver fue arrojado al río Flavio. No hubo testigos. Nadie sintió la ausencia hasta quince días después. Era un campesino miembro de una familia sin tierra y con muchos hijos.

Juancho siempre prefirió la compañía de su amigo Tomasito, y no la de sus rudos y bastos hermanos, hábiles para el trabajo agrícola. Él era un joven escuálido de ojos vibrantes y ávidos que prefería pasar las mañanas evadiendo los cultivos y las noches contemplando cualquier luz que resplandeciera en el firmamento, en los horizontes o en los subterfugios ignorados en la tierra de donde brotaba el alimento de toda la familia. Fue así que conoció a Tomasito y su libro de historias de Aguaján.

Éste no era la magnífica enciclopedia del doctor Tommansk1, tampoco el indispensable compendio de guerra naval2 escrito también por el doctor, en su estancia en las tierras de Aguaján, la ciudad atravesada por un río y separada por cientos de kilómetros de algún borde continental. Parecía un libro por la forma en que estaban guardados los documentos. Sin embargo, las diferentes letras, unas amenas otras odiosas, y lo por ellas plasmado, convertían a este compendio de caligrafías, rayones y tachones en material sospechoso para los ojos de un cazador.

–Necesitamos transcribirlo, así tendremos dos –emocionado, Tomasito saludó a Juancho cuando se encontraron en su reunión secreta en algún lugar entre los cafetales de las laderas suroccidentales de Aguaján.

–¿De qué hablas, Tomi?

–Son documentos de la gobernación, papá me confirmó que eres confiable y que juntos podemos transcribir esta parte de la historia.

–No te entiendo, ¿de qué hablas?

–La historia de todos nosotros. Tu y yo estamos en el capítulo dieciséis.

–No entiendo.

–Déjalo. Ya verás que cuando comencemos a escribir vamos a comprenderlo. Eso me explicó papá. Muéstrame cómo escribes, quiero ver tu letra…

–Es la más bella que jamás vas a ver. Si fuese a bautizar mis manos, las llamaría Gacelas, son graciosas, ágiles y de trazos saltarines y perfectamente visibles.

–¡Eres un presumido!…

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Tres semanas de escritura dieron como resultado no una, sino dos copias legibles, ordenadas sistemáticamente y con una clasificación rigurosa por épocas y temáticas. Tomasito cometió la imprudencia de conversar del proyecto con un ajeno. Luis Restrepo se conmovió con la iniciativa romántica de los dos jóvenes, pero al conocer algunos manuscritos reconoció la importancia, simbólica tal vez, de estos textos y en un acto de silencioso heroísmo optó por arrancar de raíz el asunto antes de que diera semilla. Su deber como ciudadano de Aguaján de Los Espíritus era apoyar el progreso y mantener el buen nombre de la honorable ciudad.

Luis Restrepo informó a Don Bernardo sobre la existencia de los manuscritos y en ese mismo instante recibió la encomienda de concluir satisfactoriamente la situación. Tomasito era intocable al ser hijo de un funcionario gubernamental. El padre fue interrogado, pero no se le encontró algún indicio vinculante con las actividades de su hijo. Para guardar las apariencias prefirieron advertirlo a través de un mensaje que emitió el secretario de gobierno. Dos de los textos, el original y una copia, fueron quemados por Luis. Nadie supo de la segunda copia. Tomasito guardó silencio e hizo algunas anotaciones relativas a este suceso.

El cuerpo de Juancho fue arrojado al sitio donde reposan todos los muertos adecuados de la ciudad. Como a la familia de Juancho le sobraban bocas y días después de lo del río recibió un beneficio del gobierno, le fue dispensable el hecho de anunciar oficialmente la desaparición de un miembro.

Esto ocurrió en las mismas fechas en que fueron raptadas cinco reses vacunas de la propiedad de Alejandro López3, un emprendedor de Aguaján que rivalizaba con Don Bernardo por el poder político y ministerial de la ciudad. Esta noticia causó revuelo en la población y llevó a la excitación a muchos habitantes. Los animales aparecieron muertos y con marcas de propiedad en la piel, diferentes a la del dueño, en la periferia norte de la tierra de los espíritus.

Notas al pie:

  1. Tommansk, F. “El Mundo conocido hasta el presente y las importantes situaciones y acciones que lo caracterizan”.
  2. Tommansk, F. El Arte de la guerra y la mar.
  3. Tommansk, F. “El Mundo conocido hasta el presente y las importantes situaciones y acciones que lo caracterizan” Tomo I. Aguaján: Alebrije, 1977. (p. 324).

Texto y fotografía por Alejandro Vega Carvajal

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Historia de Vida

Todo comenzó cuando mi padre me dijo “Es hora de que vea por su futuro y salga adelante por su propia cuenta. Y acuérdese mijo que más vale pájaro en mano que cien volando”.  Me bajé del autobús, vi su rostro a través de la ventana y no supe si mi padre lloraba por primera vez o era un efecto de las vibraciones del vidrio. Solo tenía mi maleta con ropa y algunos billetes, los deseos de salir adelante y en frente mío la pista del aeropuerto. Rodeé la larga cuadra que llevaba hasta la entrada peatonal y a las taquillas ¡Aquí comienza mi futuro!

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Hablé con una chica en la ventanilla de atención y le expuse mi estrategia. Sonrió y me dijo que la asustan las alturas. Le expliqué que debía superar esa fobia como las águilas ponen a prueba a sus crías ¡Arrójate! Hizo algunas transacciones en el computador. Destino al azar, asientos en clase turista, tickets ¡Check in en 30 minutos! Yo no iba a permitir que se me volara el tiempo y la tomé del brazo, fuimos directo a los baños, consumamos nuestro amor y subimos al avión.

¿Qué instalamos primero? me preguntó. Armé la cuna atrás de nosotros porque nueve meses pasan volando. Luego puse la estufa porque por más rápido que vuele el tiempo, hambre siempre vamos a tener a las mismas horas. La cama la puse en un rincón y ella eligió el lado de la ventana para mirar cuando estuviéramos bien alto.  En el primer despegue sentí susto porque todo fue muy apresurado, y yo quería hacer las cosas a lo bien.  Con cama matrimonial, por ejemplo, aunque lo positivo de la que teníamos era que nos cabía en el rincón y cuando nos amábamos veíamos las nubes juntos.

Cuando nació el primer niño la economía se nos complicó un poco, pero le saqué pecho a la situación y a vuelo de pájaro cambié de trabajo y de sueldo. Aunque como dicen por ahí, la dicha de unos es la mortificación de otros, personas del servicio nos inventaron chismes. ¿Cómo hacíamos para vivir así? Comentaban acerca de la extraña forma en que nos ganábamos el dinero. Pero todo lo de ellos eran suposiciones infundadas y celos por nuestra cómoda vida en el aire. Sopesé la situación y compré unos nuevos asientos en clase ejecutiva, con una cocina mucho más grande y ventanas por las que contemplábamos amaneceres y atardeceres.

Fue en un crepúsculo que mi mujer cayó en depresión, la luz de sus ojos se ocultó tras las oscuras aguas de la melancolía. Y en un arrebato histérico me expresó su deseo por retornar a tierra si no mejoraba decididamente nuestras precarias situaciones a bordo del avión. La miré con detenimiento y la vi llena de soledad y palabras contenidas. Busqué a mis hijos en los asientos de atrás y los vi como nunca antes, con un vacío tan inmenso como la distancia que separa la superficie de nuestro hogar con la de la tierra.

Ya han pasado bastantes años desde ese primer despegue. Los muchachos ya se graduaron. Nuestro hogar saldrá de operaciones pues ya es un avión viejo. Cuando aterrizamos, los muchachos tocaron asombrados el piso, estaban mareados. Nos temblaron las rodillas cuando pisamos las baldosas del aeropuerto, y estornudamos varias veces. Ella terminó de limpiarse los mocos de la nariz y me dijo que siempre será el ave que a mi lado estará. En otro arrojo de valentía despachamos a los muchachos en otro vuelo y pedimos un taxi para irnos a volar en privado a la cama de un motel.

 

Escrito por Alejandro Vega Carvajal

Vaivén Cardíaco

Algunos excompañeros de trabajo de Juan Antonio han observado con perplejidad el deteriorado estado de salud del ex colaborador de Intersistemas SAS. Algunos incluso han experimentado una excitación indecorosa que les domina la espalda y baja hacia la entrepierna como dos brazos eléctricos que intentan dominar el cuerpo. Sin embargo, no imaginan la razón por la que Juan Antonio permanece inmóvil en la camilla del hospital con su cabeza reclinada hacia su lado izquierdo y sus ojos fijos en el medidor de ritmo cardíaco instalado a su lado. No sospechan que esas líneas horizontales que dibujan los vaivenes de su corazón él las ve suavizadas, curveadas y sin el peligro que le significaron los ángulos agudos que se hacen en los picos más altos y bajos del latir inconsistente de su corazón.

Beto, el rechoncho, uno de los que visita a Juan, se atrevió a decir que eso era culpa de alguna atravesada que se le supo hacer en los ojos al enamoradizo Juan. Sin embargo, nunca creerá que esa línea horizontal con un pico alto y otro bajo, Juan Antonio la ve como una vertical con curvas contrarias y equidistantes, como ondas que ascienden y descienden en un fluir perfecto de sensualidad desbordada. Juan Antonio está viendo las curvas de Lorena y en su estado de inmovilidad corporal y monotonía mental se repiten infinitamente los ciento cincuenta centímetros de estatura de Lorena, sus cincuenta centímetros de cintura, los cien de senos y los ciento diez de cadera, los inexistentes centímetros de espacio entre las piernas y los escasos milímetros que separan una parte del cuerpo de la otra. Ni Beto, ni el más racional de los excompañeros encontrarían una relación directa entre los picos puntiagudos de latir entrecortado de Juan Antonio que se marca en el medidor del ritmo cardíaco y las curvas abiertas y romas de Lorena; mucho menos verían de un modo racional la diminuta cabeza un poco más arriba de los senos y la prominente boca que cualquier locutor con gripe desearía.

Al ver por primera vez a Lorena, Juan pensó que ella era como uno de esos peluches que se les presiona el cuerpo y emiten sonidos chistosos. Sin embargo, la comprobación de ese cuerpo fue problemática e inacabada. Desde el momento en que ella le dirigió la primera palabra, él quedó atrapado en una nebulosa de seducción etérea plena de aromas y vapores pero vacía de tacto y conocimiento profundo. Juan Antonio se  calentó con las bocanadas de palabras de Lorena; solo fueron necesarios unos treinta minutos para que su piel emanara efluvios de un espíritu desbordado y que se estaba hirviendo con solo tener en frente la voluptuosa imagen de esa mujer de labios inquietos y temblorosos y de piel exultante buscando espacios para recuperar la libertad antes obtenida en las primitivas edades humanas.

El médico preguntó a los compañeros de Juan si conocían a algún familiar; ninguno de ellos dio una respuesta positiva. Aunque mantenían buenas relaciones laborales y pasaban todas las tardes, noches y madrugadas de los viernes y sábados, y se conocían a la perfección sus modos de hablar, de insultar, golpear y la forma en que manifestaban sus perversiones más íntimas, no tenían idea de quién podría ser la madre de Juan Antonio, o si tenía mujer o hijos. Todos se miraron anonadados de sí mismos, pero la sonrisa cómplice de Beto los aterrizó. Retomaron su compostura y comenzaron a enunciar expresiones que sonaban a despedida, a que ya iban para el trabajo, otros para sus casas a continuar con sus propias vidas. Habían cumplido con su deber de compañeros de visitarlo en el hospital.

Juan permaneció un mes con habitación propia y con cuidados preferenciales, sin embargo a medida que la soledad de su vida se hizo más evidente -nunca nadie preguntó por él, los excompañeros de Intersistemas SAS lo olvidaron-  los agentes del hospital lo pasaron a otra zona con menos cuidados. Beto firmó en calidad de acompañante una solicitud para que Juan Antonio quedara inscrito en la lista de pacientes a la espera de un donador de órganos.

A la espera del suyo, desviaba su mirada por la ventana y trataba de ver más allá de los edificios que ocultan el parque central. Reconstruyó en su mente la cafetería del parque y las primeras palabras de Lorena “¿Qué más, querido? Me ayudas, porfa…”. Esas palabras y su actitud tierna e ingenua lo hicieron sentir muy cerca de ella, como si de verdad necesitara de él. Sintió la exaltación de su corazón y la cercanía que entre ambos había. Juan Antonio también recordó que esa fue la única ocasión que en verdad estuvieron cerca, y que luego estando sentados en la cafetería, él hizo caso omiso de algunos gestos de repugnancia y de otros que ella hacía desprevenidamente como si hubiese alguien más enterado de la conversación de ellos dos. Se lamentó de su omisión mientras acariciaba con delicadeza su abdomen y llevaba sus manos hacia más abajo intentando hacer la obra magnífica del dios creador, dar vida a algo que ya no existe. Giró su cabeza hacia la izquierda y de nuevo se concentró en el flujo de las líneas del lector cardíaco. Por fin logró comprender la situación y pudo ver esa línea vertical, voluptuosa, ondulante y con el ímpetu de querer alcanzar los cielos como realmente era, una horizontal rastrera, sucia y puntiaguda.

Tati, la amiga pegada de mi Laurita -2-

En ocasiones me surge la duda de si la gente refleja algún aspecto determinante de su personalidad y de su relación con el mundo a través de sus prendas. Habrán algunos que vistan de negro, pantalones con bota entubada y botas altas en honor a la estética punkera, y a la metalera si además llevan un pelo negro largo y lacio y camisas con estampados de bandas de metal. Habrán otros con ropas anchas y holgadas en honor a las estéticas urbanas y raperas. Así mismo estarán las mujeres que llevan faldas al estilo caribeño, otras con peinados altos que evocan la aristocracia europea. También habrán los que invierten en diversos accesorios para resaltar gustos o partes del cuerpo. También tengo la duda de cómo la gente escoge los colores que quieren llevar sobre su cuerpo.

 

Estoy divagando. En realidad, mi duda es más sencilla. Sólo me interesa saber cómo demonios la Tati escoge sus colores y vestimentas. Y no es que esté enamorado de ella ni nada por el estilo; sí es cierto que ella, al pasar todo el tiempo al lado de mi Laurita ocupa un gran espacio en mis pensamientos. No me refiero a su talla o a la proporción de espacio que ocupa en mi campo visual. Mi Laurita dice que yo veo abarcadora a la Tati por el contraste que se genera entre los cuerpos de ellas. Cuando mi Laurita lo dijo, la Tati le devolvió una mirada con desdén y con un torcido de boca, una mueca similar a la que hace cuando se está limpiando los dientes con la lengua después de nuestras cenas de fin de semana. Aunque siendo sincero mi Laurita es una mujer sumamente sutil y que haya utilizado ese contraste demuestra la magnitud de esa sutileza.

Para fortuna de los restaurantes que frecuentamos la Tati no viste ni ombligueras, ni camisillas de tirillas, ni leggins ni yines ajustados. Hago énfasis en que es una fortuna porque nos evita el disgusto de exponernos a sus carnosidades. También quiero ser enfático en que este es el tipo de fortuna que uno le celebra a los amigos o a los comensales de las otras mesas, pero no la fortuna que uno quisiera experimentar por sí mismo. Lo digo porque ningún hombre desea contar con la compañía de la mejor amiga de la novia siempre que programe una salida a comer, o a cine, o al bar. ¡Ningún hombre quiere eso! La Tati es de esas mujeres que opacan a las otras que están a su lado: siempre que pone su mano en la mesa mi Laurita desaparece tras el brazo de su amigota regordeta. Un solo seno de la Tati basta para esconder la belleza de mi Laurita. Son de esas tetas que nunca dejan ver más allá; que tapan la realidad o que la esconden. Lo cual puede ser muy preocupante. ¿Habrá acaso alguna persona que haya presentado trastornos en la percepción de la realidad por la interferencia de uno de estos obstáculos mastológicos? Y como si fuese poco, la Tati es una mujer beligerante, sus manos van a la mesa no solo para coger trinchetes, servilletas, comida o salsas, también van a golpearla cada vez que se enerva conmigo y siente que debe dejar fluir con libertad sus sentimientos y palabras, que por lo general son sátiras y chistes malos acerca de mi forma de ser y de cómo trato a mi Laurita. Tal vez yo no sería tan indiferente con mi bella flaca si no se interpusiera la regordeta Tati entre nosotros dos.

 

Esta es una de las razones por la que me ha surgido la duda acerca de si habrá alguna relación entra la beligerancia de la Tati y la predominancia del color rojo en su vestimenta. Si lleva falda roja viste blusa negra. Si viste blusón rojo lleva algún pantalón que no opaque el color del blusón. Si lleva tenis rojos, lo cual me ofusca profundamente, los hace resaltar con pantalones de bota entubada y correa y accesorios rojos. El rojo de sus prendas me va a matar. Muchas veces, cuando me da por pensar bobadas entre bocado y bocado de comida, me felicito por no ser lo suficientemente original e imaginativo como para pensar en cómo es su ropa interior y la forma en que combina los colores. Desafortunadamente no he adquirido la capacidad para omitir los sonidos extraños que hace, en especial su nueva forma de sonar cuando tiene hipo. Su ¡jep! me enloquece, me estorba y ese brinquito que le produce el inconveniente respiratorio es como si aumentara la distancia que ella interpone entre mi Laurita y yo. ¡Estaba pensando en objetar de una vez por todas la presencia de la Tati y finalizar el estorbo en el que se nos ha convertido a Laurita y a mí! Voy a impedir que esa gorda beligerante se tire la relación de mi Laurita y yo. ¡Voy a salvar el amor que nos tenemos!

Al lunes siguiente llamé temprano a mi Laurita. A la hora en la que sé que no está con la Tati. Y le propuse un encuentro por fuera de los horarios habituales. Ella lo aceptó con reticencia. No es normal que los novios se vean un lunes en la mañana, antes de la hora del almuerzo. Le dije que no importaba y que podíamos comenzar a romper esquemas en nombre del amor. Desayunamos juntos y en cuanto terminamos de comer puse el tema sobre la mesa. Me dijo que no, que la Tati estaba sola, que ella necesitaba de nosotros y que éramos de las pocas compañías con las que ella se sentía bien, en confianza. También me dijo que es cuestión de perspectiva y no hay necesidad de armar una tormenta en un vaso de agua.

 

Puestas las cosas de esta manera y teniendo en cuenta el inmenso amor que siento por mi Laurita, humildemente he decidido cambiar mi perspectiva. A partir de un esfuerzo innombrable y una abstracción que nunca antes había logrado, elaboré una imagen mental en la que la Tati cabía en un vaso de agua, y allí estaba metida ¡Un vaso de doce onzas! Y como vi que no había espacio para nada más, ni siquiera para una tormenta, concluí que no era necesario armar una tormenta en el vaso de agua en el que había metido a la Tati. Me causaba gracia pensar que la Tati estaba allí metida y cuando brincaba por el hipo ¡jep! el vaso vibraba y el sonido subía encerrado en burbujitas hasta que alcanzaba la superficie.

Fue una terapia maravillosa. Al siguiente sábado la Tati no existió para mí. Los tres nos dimos cuenta de eso. Mi Laurita y yo pasamos delicioso por más que la Tati intentó interponerse entre nosotros. Hizo todo tipo de sonidos extraños, incluso el jodido ¡jep! que tanto me ha perturbado. Sin embargo, ahora que lo pienso con detenimiento, y recuerdo los agresivos gestos de la Tati y cómo atravesaba la sábana roja que tenía por bufanda, me  asusto al pensar cuál será su estrategia para el siguiente sábado. Y qué le dirá a mi Laurita durante la semana para prevenirla conmigo.

Entrega sin ánimos de lucro

Le pareció inconveniente hablar con ese hombre. Sentía que si lo hacía terminaría entregándose en cuerpo y alma. Y no recibiría nada a cambio. Sin embargo acabó por pasar un largo rato conversando con él. Luego se besaron. Se enamoraron. Se casaron y se prometieron amor eterno. Hasta que un día nació el bebé. Y también se juraron amarlo por siempre. Hasta que la vida lo llevara por otros rumbos. Así fue hasta que nació otro bebé. Y después otros cuantos. Eran una familia numerosa. También amorosa. Hasta que todos los hijos se fueron. Y de tantas cantidades que habían, quedó la del amor. Hasta que el hombre murió. Ella se sintió sola. Como antes de que él llegara a su vida. Sin embargo en su soledad reciente sentía el amor del hombre que un día la convenció de que realizara su labor a cambio de nada. Porque ese día no tenía dinero.

Aún se sentía joven. Vendió todas sus pertenencias, excepto su ajuar. Y volvió a su antigua esquina de trabajo. Sus compañeras las saludaron. ¿Cómo te fue? ¿Por qué tardaste tanto? Sonriendo respondió: es que si uno se va con un aparecido que no tiene dinero ni para el taxi, imagínate con qué te va a pagar. Eso pasa por trabajar de gratis.

Dulce Eternidad

Juan aparte de feo, gago. Pero escribe bonito. Linda baila danza árabe. Viste a lo árabe. Incluso turbante en ocasiones. Por situaciones que no vienen al caso un día se conocieron e intercambiaron correos electrónicos. Fue un encuentro breve, nimio. Él se presentó: Ju, Juan. Le ofreció su mano en saludo y encorvó su espalda hacia adelante significando una venia. Se mostró muy amable. Conversaron un par de minutos. Él prometió compartirle sus textos. Experimentó en carne propia aquel dicho que habla acerca de que cada minuto puede convertirse en una eternidad de gloria, de júbilo y redención. La misma eternidad que padeció Linda con el adiós de Juan. A, a, a, di, diós, adiós. Para ella fue un encuentro más del día. Otro contacto más en su cotidianidad. Sin embargo la curiosidad por conocer los poemas de Juan hizo un espacio en su memoria. Algún fragmento le puede resolver la vacilación.

Pasaron los días.

Primer correo:

Hola Linda, como acordamos, te envío estos dos textos. Me gustan mucho y tienen un significado profundo para mí. Te los comparto, léelos y disfrútalos.

Ella los leyó. Le gustaron. Parecían bailables. Los leyó con detenimiento. Con profundidad. Encontró lo que deseaba. Dos días después se presentó en la entrada principal de la Iglesia de San José. No le importó estar allí, a pesar de los silbidos de hombres provocados y las miradas despectivas de las mujeres. Allí esperó. Minutos después se marchó. Continuó su vida.

Pasaron otro par de días.

Un segundo correo:

Hola, espero te hayan gustado los anteriores, mira estos. Disfrútalos. Me han costado mucho.

Al día siguiente de recibido el correo, Linda se presentó en la Iglesia de San Rafael. Sorteó con habilidad las diversas situaciones que le ocurrieron en este lugar mientras esperaba. Regresó a casa. La excitación la recorría.

Los correos continuaron llegando por un par de meses. Luego Juan no volvió a escribirle. Esperaba que en algún momento ella le respondiera alguno de sus mensajes. Ella en cambio acudía a cada una de las iglesias de las que Juan hablaba en sus textos.

No me responderá, pensó, las mujeres bellas no le escriben a los hombres feos. Ni siquiera les dirigen palabra alguna. No les prestan atención. De qué me sirve escribir bonito si no puedo conseguir un renglón de una mujer. Los únicos que me leen son mis compañeros.

La frustración de Juan fue tal que se quedó en el encierro de su casa por mucho tiempo. Se dedicó a la escritura. Logró terminar un texto enorme en su extensión. Un mamotreto. Una eternidad para leer. Una editorial lo publicó y de este modo llegó a manos de Linda. Visitó una por una las iglesias mencionadas en el libro. Esperó muchas horas, muchos días. Cada página la exhortaba, las palabras de él la llamaban.

Sin embargo concluyó que haberse leído ese enorme poema de más de mil páginas para no encontrar al hombre tras las palabras había sido una gran pérdida de tiempo. Recordó a Juan gagueando el adiós. Esa despedida eterna que aún se repite intacta en sus oídos: a, a, a, di, diós, adiós. Se decidió a buscarlo. Fue directo al grano. Lo encontró en su casa.  Le reclamó las reuniones incumplidas. Le reclamó el porqué de las citas en iglesias. Que para qué escribía bonito si no cumplía lo que decía. Como todos los hombres: pura cháchara. Que para qué escribía esos largos poemas con tantos sitios y tantas iglesias si a ninguno de esos lugares iba. Que si creía que lo podía esperar toda la vida. Sorprendido, levantó la cabeza, la miró a los ojos y comprendió algo que nunca se había imaginado. Trató de hablar, pero después de gorjear un rato, logró musitar: lo, lo, lo, si, sien, to, lo siento. Estaba asombrado. No era capaz de hablar. La condujo hacia el interior de su casa. Y le enseñó otros textos. Los que escribió y hubiera querido enviarle en algún momento. Pero nunca hubo una señal. Una respuesta. Un gracias, por lo menos. Se los leyó, lo cual fue una tortuosa eternidad para él. Una dulce eternidad, un momento sublime para ella.

De Noche, Alto de la Cruz

En Caldas, al sur del Valle de Aburrá, en la vía La Variante, un desvío hacia la derecha por una pequeña calle nos conduce hacia esta cima desde la cual se logra una espectacular vista de cielo y montañas; más aún cuando el viaje en nuestras bicicletas se emprende en la oscuridad diáfana que brinda la luna llena. Es una subida lenta, que se debe tomar con calma, paciencia y humildad. Mantener un ritmo de pedaleo constante y muy rotado, y mantener la tracción de la rueda trasera apoyando nuestro cuerpo sobre el sillón.

Subir en la oscuridad de la noche tiene sus ventajas: la loma que subimos la sentimos a medida que avanzamos y es la misma inclinación del terreno la que avisa cómo se administra la relación de cambios de la bicicleta. Nuestros ojos no influyen en esta decisión.

Se siente el terreno: cada piedra, cada hueco, cada desnivel se hace evidente en el momento en que pasamos por él. Es como si cada llanta fuese uno de nuestros zapatos y al mismo tiempo los ojos con que descubrimos el camino que se hace bajo nosotros.

En el camino a la cima de El Alto de la Cruz encontramos tres repechos.  Trastabillamos, la llanta trasera resbala con más intensidad, patina. Inclinamos nuestro pecho hacia el manubrio, llenamos de energía los músculos y el pedaleo se mantiene. El equilibrio continúa. A pesar de ello, algunos tocamos suelo con un pie. Otros continuamos subiendo manteniendo la cadencia. Siempre resulta menos fácil iniciar el pedaleo en mitad de un repecho; y sin embargo se pedalea, se sigue hacia arriba. Así sea arrastrando la bici.

Llegamos a la cima con un rostro que se vuelve inconfundible entre ciclistas: una sonrisa que exhala victoria y cachetes sonrojados que exhalan cansancio. Sin embargo el vapor del cansancio se confunde con el deseo de bajar de El Alto de la Cruz, descendemos con toques a la leva del freno trasero que se transforman en derrapes divertidos, nada que ver con las patinadas de subida que nos hacían perder el ritmo. Algunos resbalamos, caemos y tocamos suelo con un pie, con el otro y con las dos manos.

Al fin el grupo está abajo, retomamos camino hacia nuestras casas y nos despedimos como buenos amigos de la cicla, esperando una nueva aventura y otra oportunidad para decirle al mundo que pedaleando se construye realidad y se transforma la conciencia.

Pedaleando a la universidad

Agosto de 2015

He verificado mi bici: está en buenas condiciones. Alisto la maleta y abrocho el casco. Enciendo los sapitos, el delantero y el trasero, porque voy a clase de seis de la mañana. Todavía el día es oscuro y pocos carros circulan las calles, a pesar de la cantidad de gente que ya camina, toma café, espera el transporte público. Es inevitable pasar desapercibido, voy en bici de madrugada día tras día, incluso sábados y domingos.

Bajo las calles hasta alcanzar la avenida. Empailo la bicicleta y con cadencia tenue, ejerciendo con suavidad fuerza sobre el pedal, tomo rumbo al norte de la ciudad de Medellín. Viajo desde Itagüí, desde las vías que conducen al SENA de Calatrava. La avenida Guayabal tiene una leve inclinación que ayuda a mi impulso, sin embargo por ésta sí hay más carros y muchas, demasiadas, motocicletas. Gano algunos semáforos en el paso por Santa María, lo cual me permite lograr una mejor ubicación en la vía. Continúo por el lado izquierdo: Paso por el desvío a la 80, más adelante, a pocos pedalazos, el desvío al puente de la 4 Sur, luego subo el puente de la 10. Me doy cuenta entonces que hoy he amanecido inspirado y que con cada pedalazo fluye mi energía y el ambiente que me rodea. Sin embargo, autos, buses y motocicletas me adelantan, pero voy rápido, soy veloz y me enorgullece el hecho de transportarme con mis pies y generar la energía necesaria para llegar a la Universidad de Antioquia.

Sigo entonces el camino, pasando por el zoológico, los industriales, alcanzo, después de otro puente, el sector de La Alpujarra, tomo la Avenida del Ferrocarril, paso por El Hueco, La Minorista. Al viaje cotidiano se suman además de buses, autos y motocicletas, los sistemas del Metro y Metroplús. Llego al Chagualo y comienzo a disminuir mi cadencia y velocidad, relajo un poco mi respiración y le permito a mi cuerpo transpirar más sosegadamente. Finalmente veo a mi lado derecho el edificio de Ruta N y al izquierdo la Universidad de Antioquia. Tomo Barranquilla hasta la entrada de la universidad.

Después de un café rápido y una toalla por el cuello y el torso, amarro la bici en los parqueaderos. Subo al salón de clase, a la de literatura francesa. Pero aún no sale el sol, faltan cinco para las seis. Dejo que el viento enfríe mi piel y espero con calma la llegada del profesor.

Muerto de la risa

Alfredo murió. Roberto también. Eliza hace algunos años. Ellos amaban la vida. Mucho más que yo. En realidad no quiero mucho la mía. Prefiero pasar las noches adormeciendo mi cabeza con licor. Ese es mi vicio. Noche mía que se respete se vive bebiendo. Desde la muerte de Alfredo, el último de los míos, esta sensación a la que llamo existencia ha cambiado rotundamente. Éramos el combo de los cuatro. Sin embargo nunca me pertenecí a mí mismo. Los quería profundamente. Más de lo que quiero a mí mujer. Me escuchaban. Me aconsejaban. Bebían conmigo. Me abrazaban. Me brindaban su cariño incondicional. Brindábamos también. Y entre copas de licor esperábamos siempre las sonrisas de Eliza. Luego de cada brindis ella nos sonreía y nos decía con una profundidad que parecía que nos tocaba las entrañas que nos quería como a nadie más. Yo era de ellos. Esa existencia a la que otros llaman mi vida propia, consistía en lo que generaba en mis amigos. Todo lo que podía plasmar en ellos. En sus corazones. En sus recuerdos. En eso consiste el vivir.

Uno está en este mundo para decirle algo a alguien. En otras palabras para transmitir un mensaje. Encontrar al interlocutor hace parte de la búsqueda vital. Yo los tenía a ellos. Ahora solo quedo yo, en este lugar donde solíamos encontrarnos a tramar nuestras vidas y a hablar hasta el amanecer. Bebo una copa y les sonrío desde acá hasta el más allá. Es imposible que no exista esa región. Nada puede cortar una relación tan fuerte y tan unida. Ni siquiera la distancia. Estamos muy cerca entre nosotros. Incluso hasta el más allá hay poco recorrido. En realidad nuestra unión es profunda. En cuanto a mi mujer, bueno, ella dice que me puedo largar cuando quiera. Ella no entiende nada. Cree que soy un borracho empedernido y que no sirvo para nada más. Que ni siquiera con la muerte de mis amigotes voy a cambiar, porque no estoy interesado en ser un hombre diferente. ¡Puedes largarte a buscar a tus compinches a dónde quiera que estén, anda, vete y déjame tranquila! Me dijo.

En realidad he urdido el plan para seguir su camino en diferentes momentos. Sin embargo un sentimiento parecido al escozor que me provoca la existencia me detiene. Lo que quiero decir es que del mismo modo que antes me sentía vivo viviendo para ellos, ahora pienso que puedo seguir haciéndolo. Me decían que yo era muy ingenioso. Que cómo hacía yo para imaginar tantas situaciones, hechos, palabras y bobadas. Que yo siempre los hacía reír. Que les encantaba mi sentido del humor. Y que a pesar de mi situación sentimental con mi mujer, siempre llegaba con la mejor disposición a nuestras tertulias nocturnas. Siempre les quise decir que estaba con ella por otras cuestiones que eran poco importantes. Pero mi corazón y mi alma estaban con mis amigos. Los de siempre. Los de toda la vida. Desde la niñez, pasando por la escuela y el colegio. Deseé, incluso, ser mujer, para no tener que preocuparme por solucionar ciertas situaciones masculinas y entregarme por completo a la amistad.

Alfredo era quien más se preocupaba por mí. Me aconsejaba. Me invitaba a solucionar los problemas con mi mujer. En ocasiones me prestó dinero para subsanar mi economía. Además pagaba algunos de mis tragos en las tertulias. Él sabía cuál era mi situación. Me valoraba, me apreciaba y me decía que era un verraco. Que cómo hacía para mantener mi sonrisa a pesar de las dificultades. Si supiera que mi sonrisa era natural, me brotaba por inercia cuando me encontraba con ellos. Las dificultades comenzaron cuando se me marcharon los tres. Cuando quedé solo en este mundo. Solo con mi mujer. Sin amigos, sin esperanza, sin planes, sin diálogos ni tertulias, ni sonrisas, ni dinero, ni nada de nada. Y para colmar resulta que mi mujer no se cuidó la última vez y ahora está en embarazo. Cómo voy a hacer para sobrellevar esto. Esta soledad cada vez es más grande.

Roberto me hablaba con sinceridad. Decía que siempre había sido un payaso y que nunca dejaría de serlo. Yo lo tomaba por el lado positivo. Qué tiene de malo reírse de la vida. Y reírse de todo lo que la rodea por ahí derecho. Ellos gozaban con mis ocurrencias y mis charadas. Decían que sin mí sus vidas serían muy diferentes. Menos alegres. Si supieran. En muchas ocasiones quise decirles que sin ellos mi vida sería muy diferente. Menos vida.

Ahora me siento como muerto. También como borracho. Bueno, estoy seguro de que estoy ebrio. También solo. También muerto. Y que debo de llegar a la casa y enfrentar a mi mujer. También mi existencia. Y el escozor que me produce estar parado dándome cuenta de que aún vivo. Y de que debo seguir viviendo a pesar de ser tan valiente para todo. Excepto para lo más importante. Para la muerte. Ella me dice que me odia profundamente. Arruiné su vida, también. Quiere mandarme a la mierda, además. Y tiene cuatro meses, para aumentar nuestra desgracia. La palabra “nuestra” es añadido mío. Ella siempre me habla desde su propia y única perspectiva. Sin embargo siento que lo único que compartimos mi mujer y yo es la desgracia. Llevamos varios años así. Y ahora está tomando forma, algunos pares de meses.

Eliza fue la primera. Una borrachera y un balcón con buena vista de la ciudad es un motivo bonito. Un recuerdo inolvidable. Roberto el segundo. Una borrachera, un buen final de un libro y un cóctel en una finca solitaria en las montañas es un motivo romántico. Alentador. Alfredo después. Un viaje largo en avión. Para luego caminar buscando la profundidad de las aguas es un motivo temerario. Es valiente. Es aventurero.

Y yo que no los sigo. Que me da temor todo eso. Pero también esta desgracia de mi mujer con un niño en las entrañas. Y ya no sé qué hacer. Y mejor los recuerdo a ellos, mi felicidad, mientras me torturo con la presencia de la desgracia. Y de nuevo me viene a la cabeza el pensamiento de que si hubiera nacido mujer, no me preocuparía por solucionar ciertas situaciones masculinas. Y sería en alguna medida más feliz. Por lo menos valiente para lo importante. Estaríamos juntos compartiendo la felicidad. Sin embargo no me pienso ir con ellos. Eso es muy difícil. Y mi mujer puede esperarme otro rato. Podemos pelear después. En el bar estoy bien. Me siento a mi medida. Aquí puedo vivir a mi manera. Riéndome. Molestando y cantando con estos otros borrachos. Estoy bien. Muerto de la risa.